Siempre da que pensar esta parábola de los trabajadores de la viña (Mateo 20,1-16) que solo narra el evangelista Mateo. En una cultura en la que está arraigado el sentimiento de justicia que retribuye a cada uno según los méritos, la parábola no sigue los criterios del mercado y Dios puede regalar a los hombres lo que éstos no han merecido. Las parábolas pretenden dar que pensar y provocar para ver la realidad de una manera distinta. La relación con Dios no se basa en los méritos. Dios es amor gratuito y sobreabundante.
¿Qué
está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de
justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que Dios, más
que estar midiendo los méritos de las personas como lo haríamos
nosotros, busca siempre responder desde su Bondad insondable a nuestra
necesidad radical de salvación?
Hemos
de aprender a no confundir a Dios con nuestros esquemas estrechos y
mezquinos. No hemos de desvirtuar su Bondad insondable mezclando los
rasgos auténticos que provienen de Jesús con trazos de un Dios
justiciero tomados del Antiguo Testamento. Ante el Dios Bueno revelado
en Jesús, lo único que cabe es la confianza.
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” (Lc 15, 11-32)
Inspirado en la parabola del Hijo Prodigo (Lucas 15, 11-32) Música de One republic - "Come Home"
Fue una de las parábolas más desconcertantes de Jesús. Un piadoso fariseo y un recaudador de impuestos deshonesto suben al templo a orar. ¿Cómo reaccionara Dios ante dos personas de vida moral y religiosa tan diferente y opuesta?. El fariseo ora de pie seguro y sin temor alguno. Su conciencia no le acusa de nada. No es hipócrita. Cumple fielmente la ley incluso la sobrepasa. No se atribuye a sí merito alguno, sino que todo lo agradece a Dios."Oh Dios, te doy gracias". Si este hombre no es santo ¿Quién puede serlo?.
El recaudador se retira a un rincón. No se siente cómodo en aquel lugar santo. No es su sitio. Ni siquiera se atreve a levantar los ojos del suelo. Se golpea el pecho y reconoce su pecado. No promete nada. Solo le queda abandonarse a la misericordia de Dios. "Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador. Nadie querría estar en su lugar. Dios no puede aprobar su conducta.
De pronto, Jesús concluye con una afirmación desconcertante: "Yo os digo que este recaudador bajo a su casa justificado, y aquel fariseo no". A los oyentes se les rompen todos sus esquemas. ¿Será que al final lo decisivo no es la vida religiosa de uno sino la misericordia insondable de Dios?
Dice el Papa Francisco que "el mensaje más fuerte de Jesús es la misericordia". Y añade el Papa:
Y el mensaje de Jesús es éste: la misericordia. Para mí, lo digo
humildemente, es el mensaje más fuerte del señor: la misericordia. Él
mismo lo ha dicho: "No he venido por los justos: los justos se
justifican solos. Bendito el Señor: si tú puedes hacerlo, yo no puedo
hacerlo. Pero ellos creen que lo pueden hacer. Yo he venido por los
pecadores".
Piensen en ese comentario después de la vocación de Mateo: "¡Pero
este va con los pecadores!". Y Él ha venido por nosotros. Cuando
nosotros reconocemos que somos pecadores. Pero si somos como aquel
fariseo, ante el altar: "Te doy gracias Señor, porque no soy como los
otros hombres, y menos como el que está en la puerta, como aquel
publicano...", no conocemos el corazón del Señor, ¡y no tendremos jamás
la alegría de sentir esta misericordia!
Las apariencias engañan. Javier Pérez Alonso, un vagabudo no dudó en hacer masajes cardiacos hasta que llegó la uvi móvil a una menor cuya madre pedía ayuda a voces en plena calle. Lo mejor del ser humano salió a flote en una emergencia médica ocurrida en Avilés. Javier Pérez Alonso, un extoxicómano actualmente sin techo natura de Oviedo que había venido de visita a Avilés con un amigo, se encontró con una madre desesperada que llevaba a su hija en los brazos y pedía ayuda.
Javier Pérez, que en tiempos se formó como Ayundante Técnico Sanitario, tiró los bártulos que portaba al suelo y no dudó ni un segundo en auxiliar a la mujer; primero valoró la situación y comprobó que no había pulso, por lo que inició una serie de maniobras de reanimación cardiaca (RCP en el argot médico).
Al poco llegó al lugar un vecino de la calle, también sanitario, que al ver el cuadro volvió a casa para regresar con un fonendoscopio y un tubo de Guedel, una cánula que se introduce en la boca de los heridos para garantizar el paso de aire a los pulmones. Entre los dos mantuvieron artificialmente la circulación sanguínea y la respiración de la niña hasta que al cuarto de hora, aproximadamente, llegó al lugar la uvi móvil.
El diagnóstico de los sanitarios desplazados al lugar confirmó la gravedad de la situación vivida: paro cardiaco.
Como si no quisiera molestar, el héroe de la jornada, Javier Pérez Alonso, se hizo a un lado cuando llegó la ambulancia, volvió a cargar a la espalda la guitarra con la que viaja, recogió del suelo su mochila y se hizo invisible por las callejuelas de Sabugo sin siquiera despedirse. No obstante, según confesó luego, "estaba jodido" por la experiencia vivida y acabó por desandar los pasos y volver al lugar para preguntar a los médicos de la uvi qué esperanzas de vida le daban a la niña. Ni se siente un héroe ni pretende pasar por tal, tan sólo dice a modo de justificación de su acción que hizo "lo que haría cualquier persona". Por cierto que cuando estaba practicando la RCP a la niña más de un viandante le miró con recelo por las pintas de vagabundo que le delatan. "Estoy acostumbrado; si la vida es jodida para la gente normal, imagínate para alguien como yo", justifica. Ayer, este ángel de la guarda de las calles asturianas se ganó el sueldo y dio a todos una lección inolvidable, como en el Buen Samaritano de la parábola.
Jesús no cuenta la parábola para criticar a los
sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de “algunos que,
teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los
demás”. Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de
nuestros días.La oración del fariseo nos revela su actitud interior: “¡Oh Dios! Te doy
gracias porque no soy como los demás”. ¿Que clase de oración es esta de
creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede
vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y,
precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no
son como él. El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: “¡Oh
Dios! Ten compasión de este pecador”. Este hombre reconoce humildemente su
pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios.
No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y
ante Dios.Por eso, hemos de leer la parábola cada
uno en actitud autocrítica:¿Por qué nos creemos
mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no
practicantes? En definitiva. ¿Quién soy para juzgar?