En el siglo III surgen dentro de la Iglesia cristianos que quieren vivir más intensamente este seguimiento de Jesús y por eso abandonan su familia, su trabajo y se retiran al desierto para vivir como célibes en soledad y en pobreza. Son los llamados anacoretas (“solitarios”) o ermitaños.
La raíz de esta vocación a la vida religiosa cristiana parte del pasaje del joven rico en el evangelio de Mateo 19, 16-29 en el que Jesús invita a un joven a “dejarlo todo”.
Por otro lado, otros grupos de hombres (cenobitas) decidirán vivir en comunidad surgiendo así el cenobio, una especie de monasterio donde estaban las habitaciones o celdas de ermitaños. San Pacomio (s. IV) fundó la primera comunidad con una regla o norma de vida en común en la que el hábito, la oración, las comidas o el ayuno quedaban reglamentados.
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